En un mundo de indiferencia, más
anormalidad
Por Norberto E. Garay
Una mañana normal: levantarse, bañarse, desayunar y correr
para ir al trabajo. De camino,
encontrándome en las esperables presas para salir de Heredia, escuché a lo
lejos las sirenas de una ambulancia.
Dentro de lo delicado de la situación, siempre he valorado una conducta
linda de los ticos y de las ticas, esa simétrica y uniforme manera en que los
vehículos se orillan para dejar pasar a aquellos hacedores de salud. En honor a esa tradición corrí mi vehículo
hacia la vereda, igual lo hizo la conductora que venía detrás de mí, para mi
decepción, un conductor de otro automóvil aprovechó el espacio para ganar
puestos en la ya amplia fila de carros, luego de que la ambulancia logró –sí,
fue un logro- pasar entre los vehículos, aquel chofer oportunista transitaba
manejando en zigzag, efectuando sus imprudencias, pese a ello, como una
justicia del destino, al ascender en doble carril, el suyo avanzó más lento,
pendiente de ello, aproveché esa oportunidad y llegando a Tibás, donde por la
hora se ubican sendos policías de tránsito, le indiqué a uno respecto de
aquella situación.
Desde que comencé a hablarle
al oficial, esperanzado de que le realizara alguna advertencia a aquel
conductor irreflexivo, presentí que algo más me decepcionaría, quizá fue el
desinterés en su rostro, tal vez la manera en como observó al chofer desprolijo
pasar sin efectuar ninguna de las actuaciones policiales que como ciudadano yo
esperaba. Una suerte de eventos que me
recordó lo obvio: la indiferencia humana, esa falta de vigor ante la vida.
Y es que aquella situación, lamentablemente cotidiana, solo
fue un síntoma de un problema más grande.
Basta con leer los periódicos, asistir a alguna reunión familiar o ver
el muro de alguna red social, con diferentes matices gran parte de la
información sugiere la existencia de problemas por doquier y no me refiero solo
a las grandes y lamentables crisis por las que atraviesan naciones enteras, no
me refiero únicamente a las enfermedades que aún no han sido erradicadas del
planeta, ni tampoco a los altos índices de violencia. Aludo a las situaciones cotidianas, esas de
las que nos quejamos a diario, al chofer del bus que no espera que suba la
persona adulta mayor, a ese hombre que no sabe respetar a las mujeres, al acoso
sexual callejero, al bribón que piensa que la luz roja es consejo y no una
obligación, al profesor que olvidó que enseñar es también motivar para un
futuro mejor, a aquel funcionario público que perdió la mística y solamente
sabe decir “tome la ficha”, etc.
Lo cierto es que a diario somos atacadas y atacados desde
distintos frentes, con indiferencia y apatía la cotidianidad busca quemarnos,
pretende apagarnos y volvernos al status
quo, a la normalidad, una donde no existen quejas, donde las cosas no
cambian. Sí, una normalidad conveniente,
donde todas las personas somos igualiticas y ojalá nadie pretenda la
diferencia, porque esa cualidad de ser distinto o distinta está penada con el
rechazo, con los murmullos silentes y lastimeros, con el chisme o con la burla. Esa normalidad, es la forma de violencia que
utiliza a la cotidianidad que no quiere cambiar como arma de guerra. No obstante, en medio de tanto gris, logré
recordar la otra cara de la moneda, esa que no es apática, esa que es anormal
en el mejor de los sentidos.
Y es que en un mundo de Kardashians siempre hay Hipatias. Recordé que si bien aquel chofer oportunista
no dio campo a la ambulancia, decenas le cedimos el paso, también precisé que
por aquel oficial indiferente, al fondo había uno que diligentemente ordenaba
el tránsito. Recordé a aquel profesor de
estudios sociales, que mientras muchos no apostaban a que tan siquiera aprobara
el octavo año, él me hablaba de la universidad, de la justicia y de un mundo de
oportunidades. Recordé también a mi
madre, que mientras muchos le decían que una mujer sola no podía sacar un hogar
adelante, ella fuerte e independiente trabajaba hasta 14 horas por día, con tal
de que mi hermana y yo pudiéramos estudiar.
Recordé también al guarda del edificio, cuyo rostro quizá no exista para
muchas personas, pero que con su sonrisa amable hace que todos y todas
arranquemos mejor el día. Rememoré a
aquel chofer de bus, que un día se detuvo en plena vía para ayudar a una
persona no vidente a cruzar la calle. En
fin, recordé que en un mundo donde la normalidad busca la indiferencia, siempre
existen muchas personas “anormales” que creen que las cosas pueden ser mejores.
Este texto es para esas personas anormales, para esas que,
quizá de manera consciente o no, creen que las cosas pueden mejorar, esas que
siempre buscan ser una mejor versión de sí mismos y de sí mismas. Para esas gentes rebeldes de esa normalidad
lastimera, que gustan de cerrar sus ojos cuando suena una música, cuyo lugar
feliz es aquel donde están quienes aman, que ante la apatía siempre mantienen
esa ingenuidad difícil de encontrar, pero que les permite creer que el mundo
puede cambiar y que, cuando menos lo esperan, efectivamente lo logran. Este texto es para que no cese esa
anormalidad, para reconocer a esos hombres y a esas mujeres inadaptados e
inadaptadas de la normalidad que con sus acciones hacen del día a día algo
mejor, algo digno de ser vivido. A esas
personas solo les puedo decir una cosa: continúen.



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